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El baile salvará a Bolivia



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Sábado, 29 de mayo de 2010

Ya sé que el titular de esta crónica es un disparate y que no resiste el menor análisis de las personas estudiosas e inteligentes, pero tampoco está muy alejado de la verdad si consideramos que gran parte de nuestro calendario laboral transcurre en medio de manifestaciones bailables como los carnavales, la fiesta del Gran Poder, la Santísima Trinidad, las efemérides departamentales, la fiesta de la Virgen de Urkupiña, de la mamita de Cotoca, de la Virgen de Guadalupe y la mamita de Chaguaya, la fiesta de Chutillos y las múltiples celebraciones en honor a Santiago Apóstol. Ello nos induciría a decir que Bolivia la hacemos bailando, aunque nadie sabe dónde iremos a parar si seguimos bailando.

Todas esas cosas las dije a mi comadre Macacha mientras ella trataba de vestirme con mi disfraz de “moreno” en la secretaría de mi fraternidad Los negritos lindos de Potopoto”, en la que bailo desde hace varias décadas en ese universo imaginativo de entidades, personas y parientes que he fabricado para mí y en el que vivo feliz, siempre acompañado, aunque siempre solo.

Macacha me preguntó si en verdad yo sostenía que el baile salvará a Bolivia, explicándole que no es una verdad absoluta, sino una verdad parcial que sale a relucir en estos últimos meses tan conflictivos para muchos sectores del país, conflictos dolorosos que no han sido solucionados totalmente pero que desaparecen milagrosamente ante la llegada de una fiesta como la de Jesús del Gran Poder. Macacha, quien por ser cochabambina es inteligente, me dijo:

“La aparente desaparición de esos conflictos y problemas es parte de los milagros que realiza nuestro Jesús del Gran Poder...”.
Sus palabras me llevaron a decirle:
“Hay un milagro evidente porque la gente angustiada ante la verdadera situación de nuestro país y crispada por las imposiciones autoritarias disfrazadas con ropajes de legalidad ve que llega Jesús del Gran Poder y se lanza a bailar por las calles de La Paz abrazada a su pareja y brindando con poco o mucho alcohol que tiene alguna propiedad de ‘quitapenas’”.
Mucho estaba demorando mi comadre Macacha en vestirme con el traje de bailarín moreno y por fin concluyó con la tarea que ella se había impuesto. Los dos nos miramos en el espejo y sonreímos complacidos, más ella que yo, pues la cochabambina lucía guapa vestida de “china morena” con su blusa de escote generoso y su pollerín que sólo medía 27 centímetros de largo; al verla así vestida me sentí más joven, o mejor dicho, menos viejo, y sacando pecho y enderezando mi figura, arrojé al aire mi bastón y ambos salimos bailando con nuestro conjunto folklórico, mientras yo le decía en la oreja:
“Bailemos con la pequeña idea de que ‘el baile salvará a Bolivia’ y si no la salva, por lo menos vamos bailando en vez de marchar peleando los unos contra los otros”.

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