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El chofer, un hombre como todos



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Sábado, 6 de febrero de 2010

Ayer, y después de mucho tiempo, vino a verme mi tía Semáforo, llamada así en la familia porque a partir de las diez de la noche nadie la respeta, y no es que sea una pelandusca, sino que es bastante guapita y la crisis la obliga a trabajar de día y ayudarse de noche, e igualmente sucede conmigo, motivo por el cual la defiendo siempre ante mis amigos y parientes.

Había llamado por teléfono a mi casa y alguien le dijo “el periodista Paulino Huanca está trabajando”, y como ella es inteligente, no fue a buscarme al periódico sino que vino directamente al naiclú “Malena”, donde algunos amigos despedíamos al embajador del Perú, don Fernando Rojas, quien se va de Bolivia a su nuevo destino diplomático. Esperó a que concluyera ese acto protocolar y amistoso conversando en otra mesa con mis amigos yatiris y algunas señoritas del elenco estable del naiclú que más tarde bailarían semidesnudas y casi en pepas pese a la fría temperatura alteña.

Cuando me despedí de mis amigos para saludar a mi pariente Semáforo, ella se puso en rojo, luego en amarillo y después en verde, momento que aproveché para saludarla y darle un beso en la mejilla, para luego separarla de los yatiris y poder conversar con una de mis tías más humanas, desprejuiciadas y simpáticas. Los yatiris me miraron chueco cuando llevé a mi tía a otra mesa para conversar coloquialmente.

Entre las primeras cosas que le dije a mi tía Semáforo fue: Eres la tía más cercana que tengo al gremio de los choferes, quienes ahora están bailando en la boca de la gente y están en la mira de muchas autoridades que quieren ganar porotos acusándolos de todo.

Mi tía Semáforo, que conoce a los choferes más que nadie, se me echó en los brazos y me dijo:

“Justamente te busqué esta noche, querido sobrino, para hablar acerca de los choferes, porque yo (al ser llamada Semáforo) los conozco muy bien. Los choferes no son santos ni son villanos, son sencillamente seres humanos como tú, como yo, como todos, con virtudes y defectos, con vicios mayores o menores, con nervios que se tensan y se aflojan, y con humores que varían desde la euforia a la melancolía”.
Al escuchar palabras tan equilibradas tuve ganas de abrazar y besar a mi tía, pero sólo conseguí interrumpir sus sensatas palabras al decirle:
“Pero no olvides tía que el pasado mes los choferes causaron muchos accidentes muriendo cerca de 80 personas y dejando heridas a muchas más. ¿No te parece justo dictar medidas para evitar esos desgraciados hechos?”.
Mi tía me puso luz roja para que detuviera mi hablar y continuó diciéndome con su voz apacible:
“No te niego la culpabilidad de algunos, la borrachera de otros, la impericia de algunos y la imprudencia de otros, pero quisiera conocer a alguien que no se hubiera embriagado alguna vez no sólo de alcohol, sino de soberbia, poder y vanidad, alguien que sólo hubiera dado pasos prudentes. Todos tenemos fallas espirituales, físicas, y es por eso, sobrino, que te digo que el chofer es un hombre como todos, no es santo ni villano. El chofer es como tú y como yo”.

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