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Martes de Ch'alla



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La Paz - Bolivia, Martes, 16 de febrero de 2010

Cuando me siento afectado por un ataque surtido de locura llamo inmediatamente a mi psiquiatra de cabecera; cuando me falta plata acudo a mi esposa, que no puede verme triste, y en casos extremos busco a mi comadre Macacha, quien me presta dinerillos con intereses elevados; cuando me siento pecador voy en busca de mi confesor, y cuando me corresponde ch'allar mi casa y mis bienes llamo a un yatiri de verdad y no a un aficionado como es el Canciller de la República.

Procediendo de esa manera inteligente, ayer tuve que ir hasta la ciudad de El Alto para hablar con mi amigo yatiri Calimán, para rogarle atención profesional en este día dedicado a caer en prácticas fetichistas después de haber honrado públicamente a la Virgen del Socavón, patrona del Carnaval orureño. Al volver de esa ciudad me fui en busca de un yatiri y al único que hallé fue a Calimán, pues los otros continuaban tundikis.

Cuando llegué a mi casa este martes de Carnaval y del brazo de mi amigo Calimán, mi esposa me dijo en la oreja muy discretamente:

“Yo no creo en la Pachamama ni en esas brujerías que ustedes llaman ch’alla, yo soy católica, apostólica y romana, y sólo venero a la Virgen del Pilar y adoro a nuestro Señor Jesucristo”.

Quise rogarle que fuera más tolerante con mis costumbres sincréticas de cholo casi cochabambino, pero ella se mantuvo firme en su posición y se marchó a la parroquia de Obrajes para consultar nuestro caso con un misionero que es su paisano.

El yatiri me preguntó qué sucedía en mi casa y el por qué de la bronca de mi mujer que cada vez que pasaba a su lado se santiguaba como si estuviera con el mismísimo Diablo. Ya solo con el brujo andino le pedí que procediera al ceremonial de la famosa ch’alla antes de que retornara mi mujer y lo echara por pagano y hechicero.

Me preguntó el yatiri por dónde debería comenzar la ch’alla y le respondí que por el lugar más importante, o sea el dormitorio, y le conduje hasta mi cámara nupcial, el lugar más venerado de mi modesta vivienda. El brujo, con una vestimenta parecida a la que vistió en Tiwanaku en enero cuando Evo fue proclamado Apu Mallcu, roció mi lecho conyugal con unas gotas de alcohol Guabirá y pronunció unas palabras en aymara, idioma ininteligible para mí. El yatiri me preguntó si quería ch’allar algún otro mueble o utensilio en la habitación y le pedí que también bendijera mi ropero donde guardo mi guitarra y un bacín de plata que adquirí en Sucre hace muchos años. El yatiri obedeció a mis instrucciones.

Luego recorrimos la vivienda y Calimán continuó rociando todos los rincones con el alcohol cruceño.

En poco tiempo concluyó su labor, le entregué un estipendio por su labor y le pedí que se marchara antes de que retornara mi esposa luego de haber consultado el asunto de la ch’alla con el párroco de Obrajes. El yatiri comprendió la situación y se marchó como alma que lleva el Diablo.

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