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El mejor termómetro del país



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, sábado, 21 de agosto de 2010

La gente ilustrada busca a los hombres sabios para consultarles acerca de la salud financiera y política de nuestro país y procede de acuerdo con el diagnóstico que aquéllos le formulan. En cambio, este periodista y profesor de música y canto llama a una chola amiga y le dice: “Comadre, acompáñeme al mercado Rodríguez para enterarme cómo está nuestro país y si el Gobierno de nuestro presidente Evo lo está haciendo bien, mal o regular”.

Así sucedió esta mañana de sábado cuando llegó a mi casa mi comadre Macacha, quien llegó con un termómetro y me dijo: “Estoy lista para acompañarle al mercado Rodríguez”.

Como soy bastante ingenuo, puse ante sus ojos dos saquillos vacíos, cuatro canastas de diferente tamaño y tres cajas de cartón para meter latas de conservas, pero ella tomó sólo dos canastas que le parecieron suficientes para la alimentación semanal de mi pequeña familia. Desilusionado la seguí y montados en un minibús llegamos al mercado paceño que ocupa varias calles del barrio de San Pedro y se acerca al barrio de Chijini.

En un almacén de abarrotes escuché parcialmente el diálogo de dos cholitas muy bien vestidas que coincidían en afirmar que jamás habían visto en el Rodríguez a los ministros del Evo ni tampoco al García Linera, y que mal podría enterarse el Gobierno de lo que habían subido los precios de los artículos alimenticios. “Seguramente, pues, sólo se alimentan en los almuerzos trabajo o en los banquetes que se dan a orillas del lago Titicaca, o en la Casa de Campo en Cochabamba, o en el restaurante Nayjama de Oruro”. Mi comadre y yo pasamos con nuestras canastitas por un puesto donde vendían marraquetas de muy buen aspecto; nos cobraron un boliviano por cada una porque pesaban el doble que las corrientes.

Al ingresar en una tienda de pollos, mientras Macacha buscaba un raquítico pollo que no hubiera sido alimentado con granos transgénicos, una elegante cholita decía a su amiga: “Nos tienen que dar amnistía porque tenemos mercadería de contrabando para cinco años y ahora nos la quieren incautar como si nosotras la hubiéramos robado. ¿Contrabando cero? Huevo. Antes vamos a exigir cocaína cero”. Sin saber quiénes eran, las felicité y estreché sus manos porque su razonamiento me pareció justo y equilibrado. Macacha metió el pollo raquítico en una de nuestras bolsas y seguimos recorriendo el mercado.

Mientras mi comadre pedía rebaja de diez platanitos, escuché que una señora le decía a otra: “No sé si ahora estará en el Paraguay, pero la verdad es que no quiso viajar a Potosí para que los orureños no se enfadaran con él, pero ahora está preparando un viaje a Corea, no sé si del Norte o del Sur...”. Y no pude saber de quién hablaban porque Macacha se acercó a un puesto donde compraría una lata de sardinas porque el doctor Huerta nos ha aconsejado comer mucho pescado.

Al retornar a casa me saqué el termómetro y se lo devolví a mi ex comadre diciéndole: “La vida encarece cada día más, estamos fregados con jota, comadre, mientras otros están gordos y lustrosos”.

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