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Un homenaje inmerecido



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, martes, 17 de agosto de 2010

Al retornar ayer de mi peregrinación a Quillacollo, donde no bailé en honor a la Virgen de Urkupiña por encontrarme muy triste a raíz de los sucesos de Potosí y sólo me dediqué a rezar, a degustar chicharrones y a cuidar a mi comadre Macacha, que me amenazó con buscarse otro compadre más joven y más cumplido en pagar sus préstamos (extremo que no sucedió), fui objeto de un cariñoso recibimiento en mi hogar, donde se celebraba el día de San Roque.

Me esperaban todas mis tías y algunos de mis tíos, quienes habían acordado celebrar una fiesta en mi honor conmemorando el Día del Perro de acuerdo al calendario festivo nacional, aunque en la vida de aquel santo no hay ninguna referencia a que éste hubiera sentido algún afecto especial por los canes.

El acto fue presidido por mi tío Huebastián, quien recordó a mis parientes que mi esposa, temporalmente ausente en España, solía decir a mis hijos pequeños que le pedían dinero para satisfacer sus antojos infantiles: “Yo no tengo dinero, pídanle plata al ‘perro’ de su padre”. La revelación de ese incidente familiar, que yo había olvidado, causó alborozo entre mis parientes, que encontraron la justificación para el agasajo que habían preparado en mi homenaje al celebrarse el Día del Perro.

Mi tía Semáforo (llamada así porque a partir de las diez de la noche nadie la respeta) propuso con su habitual picardía que lo primero que deberían hacer mis parientes era bañarme en la pileta de lavar ropa y proceder a despulgarme porque yo acababa de retornar de la fiesta de Urkupiña, donde seguramente había bailado con cholas desconocidas y donde también había frecuentado chicharronerías poco higiénicas.

Mi tía Encarna se opuso a tal medida en nombre del pudor y que yo me bañara solo en mi baño privado, pero el clamor público de mis parientes hizo que se aprobara la propuesta de mi tía Semáforo.

Calanchito fui conducido a la pileta de lavar ropa, donde entre todos refregaron mi cuerpecito con jabón ordinario que hizo escapar a las pulgas que, posiblemente, llevaba. Luego me pusieron al sol para secarme y echarme talco perfumado.

Después me colocaron en el cuello un hermoso collar y así pude ingresar al comedor, donde me ofrecieron un agasajo. Humildemente moví mi cola en señal de felicidad.

Escuché discursos de mis tíos Pelópidas, Huebastián y Empédocles, quien —como su nombre lo indica— ya estaba borracho. Me pidieron que hablara y sólo pude decir “guau”, que es la palabra más elocuente que dicen estos humildes amigos del hombre... y de la mujer, porque también ellas aman a los perros como el caso presente.

Cuando mis parientes se marcharon, rendí un homenaje silencioso a mi perro Tolomeo, llamado así no en homenaje a ningún sabio griego o egipcio, sino porque cuando lo llevé a mi casa, como buen cachorrito, se hacía pis en todas partes.

Agradezco a mis parientes por el homenaje que me rindieron, pero lo considero inmerecido.

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