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El Día del Niño



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Domingo, 11 de abril de 2010

Mañana se celebra el Día del Niño y me apresto a celebrar esa fecha con gran entusiasmo a partir de hoy. Para ello, y en vista de la ausencia obligada de mi esposa, que se encuentra en la Madre Patria, llamé a mi comadre Macacha, quien vino desde Cochabamba cuando le dije lastimeramente por teléfono: “Comadre, mañana es el Día del Niño y estoy más triste que un huerfanito…”.

Esperé a mi comadre echado en mi “moisés”, pequeña canastita que tengo instalada en mi escritorio donde suelo dormir algunas noches para no interrumpir el sueño de mi esposa con mis molestos ronquidos. Allí me encontraba durmiendo, cuando llegó mi comadre Macacha y me levantó en sus brazos cual si yo fuera un bebé.

La solícita cholita cochabambina, tratando de hacerme feliz en el Día del Niño, me dijo: “¿Qué es lo que quieres, Paulino, en este Día del Niño, que también es tu día…?”. Como sé que los niños y los borrachos no mienten, le dije a mi comadre, sin mala intención: “Quiero lechecita”. Ella, al ver mi sinceridad, se fue a la cocina, preparó una mamadera con leche y coñac, y me la metió en la boca.

Cuando concluí de tomar mi biberón, expliqué a mi comadre que la ancianidad nos acerca a la infancia en curioso periplo de ida y vuelta, y que cuanto más pasan los años nos acercamos más a la niñez y retornamos a la inocencia, como si en nuestra vida no hubiera transcurrido adquiriendo experiencia y en pos de conocer los arcanos del alma humana.

De ahí que no sea extraño saber diariamente a través de la prensa, la radio y la televisión casos de ancianos que son engañados, burlados y estafados en este mundo lleno de malandrines y bellacos, y atorrantes. No es que los años conviertan a los viejos en tontos e incapaces. Es que los años nos acercan a la inocencia de los primeros años de nuestra vida, cuando todos nos parecen buenos en un mundo carente de malicia.

Las almas buenas intuyen nuestro retorno a los primeros años. Mi comadre Macacha, sin que yo se lo hubiera pedido, me trajo de Cochabamba un frasco de dulce de duraznos con pepas, viejo manjar que alegró muchas veces los días de mi infancia, cuando mi mamitay lo fabricaba en la casa para nuestro deleite y alborozo. Lo saboreamos con el mismo deleite que en la infancia. Por ello, ni a mis amigos ni a mis parientes, ni a mi comadre Macacha, no les digo la frase inadecuada de “me estoy volviendo viejo”, pues prefiero decirles algo franco y sincero como “me estoy volviendo niño”.

Ante esa realidad, que es mía, y tal vez lo sea de muchos hoy y mañana, celebraré el Día del Niño y pediré a mi comadre Macacha que me lleve a pasear cargado en su aguayo, a sus espaldas, para jugar con sus trenzas y para pedirle que me invite quesillos hechos en Cochabamba para comerlos con mote de habas, y también volveré a sorber mi biberón de leche con gotas de coñac, que ahora se llama brandy.

Y antes de hacerme pis como cuando era guagüita, concluyo esta crónica diciendo: “Me estoy volviendo niño”.

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