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Jesús sigue siendo noticia



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Jueves, 1 de abril de 2010

El Director del periódico me llamó a su despacho. Como siempre, acudí temeroso pensando en mi despido y me santigüé delante de su secretaria. El Director me dijo: “He sabido que usted en su juventud fue sacristán y es por ello que ahora deberá cubrir asuntos relativos a la Última Cena y a la Pasión y Muerte de N.S. Jesucristo”. Quise excusarme diciéndole que los días de la Semana Santa son feriados, pero él intuyó mi idea y me dijo: “Los periodistas no tenemos feriados y cumpla con la orden que le he dado”.

Salí a la calle desconcertado —como dice un tango— para encontrar la casa donde se realizaría la Última Cena de Jesús con sus apóstoles y obtuve el dato gracias a un agente del señor Sacha Llorenti, ministro de Gobierno.

Toqué el timbre y salió una mujer con cara de asustada para preguntarme a quién buscaba. Orgulloso le enseñé mi credencial de periodista y la pobre mujer dio un grito y volvió a cerrar la puerta de la casa dejándome en la calle. Luego volvió con su hermana María Magdalena, revisaron mi credencial y me dejaron pasar, preguntándome Marta (que era la cocinera) el nombre del periódico para el cual yo escribía.

Me hicieron pasar a la cocina y me sentaron a una mesa llamada “mesa del pellejo”, donde saludé a María que era la madre de Jesús y a algunas ayudantes de cocina con cara de imillas. Una de las mujeres me explicó que no podía yo pasar al comedor principal porque allí estaba Jesús con sus apóstoles y que sólo podría observarlos desde la cocina.

Desde allí los conté y eran 13 en total, por lo que dije a una de las mujeres que ese número traía mala suerte, por lo que varias de ellas comenzaron a llorar. Vi cómo Jesús en gesto de humildad les lavó los pies a todos y luego se pusieron a comer un “cordero a la cruz” que habían preparado Marta y sus compañeras.

Jesús y sus apóstoles comieron poco como barruntando una desgracia y gran parte del corderito pasó a la “mesa del pellejo” donde observamos los hechos. Luego uno de los apóstoles miró a un lado y al otro, se puso de pie y abandonó la mesa haciéndose el “urgente”. Me dijeron que se llamaba Judas y anoté su nombre porque no me gustó su cara.

Después, Jesús se puso muy triste y partiendo el pan con la mano —como lo hacen los judíos— lo repartió entre todos e igual cosa hizo con el vino contenido en un cáliz. Como yo había sido sacristán antes de ser periodista, les dije a las santas mujeres: “El Señor Jesús acaba de instituir la Eucaristía para que sea alimento espiritual de los cristianos, pues equivale a su cuerpo y a su sangre”. Mis compañeras de mesa quedaron absortas.

Después, Jesús invitó a sus apóstoles a que le acompañaran a orar en el huerto de Getsemaní y todos salieron en esa dirección, aunque muchos apóstoles ya estaban de sueño.

Yo fui con ellos porque Jesús me cayó siempre muy simpático y por no perder la ocasión de escribir la noticia más grande e importante de la Historia del Mundo: La muerte y la resurrección de Jesucristo.

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