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La noticia más sensacional



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La Paz - Bolivia, Viernes, 2 de abril de 2010

El trabajo en los días de Semana Santa tuvo su recompensa, pues me permitió ser testigo de la cena más famosa de la Historia de la Humanidad, probar de ella sin pagar la cuenta y, sobre todo, haber visto de cerca al Hijo de Dios y a los apóstoles de Jesús, a su madre, la Virgen María, y a las santas mujeres que le acompañaron hasta el Monte Calvario y fueron las primeras que comprobaron su resurrección.

Al darme cuenta de este privilegio periodístico, quise agradecer al Director del periódico por haberme ordenado cubrir la información de ese suceso periodístico, pero la sucesión de los hechos no me lo permitió porque aún me faltaba describir lo que sucedió en el Huerto de Getsemaní y los hechos que vinieron a continuación.

Pues bien, los apóstoles no pudieron aguantar el tiempo que Jesús se puso a orar de rodillas ante su Padre y se durmieron mientras yo le observaba oculto tras de un árbol. Nunca vi mayor angustia en el rostro de un hombre y acercándome un poco alcancé a oír que le decía a su Padre que le librara de la muerte y los tormentos, y por vez primera y única lo vi llorar sudando sangre. Entonces comprendí que el miedo es muy humano y que debería desconfiar siempre de los valentones que gritan “Patria o muerte, venceremos”.

Ese momento escuché voces de hombres que llegaron para aprehender a Jesús y volví a ocultarme detrás de un árbol, y vi el beso asqueroso que Judas dio en la frente del Maestro. Pedro quiso defenderlo, pero Jesús le ordenó envainar su espada.

Jesús fue aprehendido y sus Apóstoles le siguieron, pero de lejos porque sintieron miedo. Detrás de mi árbol grité como lo hago también ahora “¡Jachu, abusivo suéltelo!” y volví a ocultarme para seguir escribiendo lo que ven mis ojos. Vi desde una distancia prudente cómo llevaron a Jesús ante Anás y Caifás, y luego hasta la casa de Poncio Pilatos, quien no tuvo el ñeq’e de salvarlo y perdonó a Barrabás, un delincuente famoso.

Anoté en mi libreta de periodista cómo lo azotaron y le coronaron de espinas, y le escupieron y se mofaron de su realeza. Seguí de lejos su camino hacia el Monte de la Calavera cargado de una pesada cruz y cerré los ojos para no ver cómo lo clavaron a la cruz. Como trato de ser un periodista honesto, no escuché lo que dijo Jesús desde lo alto del madero porque yo estaba muy lejos y porque, cuando murió, empecé a correr espantado porque el sol se escondió de vergüenza ante este deicidio, y las tinieblas aparecieron a eso de las cuatro de la tarde, hora de Jerusalén.

Al tercer día salí a la calle avergonzado al comprender que yo también estuve entre los que mataron a Jesús y estuvo también toda la Humanidad. Preguntando y preguntando, como hacemos los periodistas, llegué hasta la tumba de Jesús y me encontré nuevamente con las santas mujeres que conocí la noche de la última cena. Ellas me dijeron entre felices y asustadas: “Jesús ha resucitado como lo prometió”.

Y ése sería todo el relato alrededor de la noticia más sensacional de la Historia y que me correspondió escribirla obedeciendo una orden del Director del periódico.

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