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Machaca tiene tres flotas



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Jueves, 1 de julio de 2010

Poco a poco me voy enterando de la cuantiosa fortuna que posee mi comadre Macacha porque no soy una persona interesada en evaluar la riqueza de mis amigos, en este caso de una pariente espiritual como la mencionada, quien apareció esta mañana en mi casa para anunciarme que hoy es 1 de julio y que por lo tanto debería pagarle los intereses correspondientes a los meses pasados por el préstamo que me concedió para el pasado Carnaval.


Al conocer sus requerimientos, me puse a silbar mirando al techo y luego pasé a decirle cómo pasa el tiempo tan de prisa, hablándole luego de mis penas para hacer frente al coste de la vida ante la indiferencia del presidente Evo, quien acaba de regalar dos millones de dólares en arroz a la hermana república comunista de Cuba.


Cansada de escuchar mis argumentos dilatorios, Macacha me preguntó con fastidio y energía: “Bueno, compadre, ¿me va a pagar o no los intereses a cuatro meses por el préstamo que le hice para que pudiera usted viajar al Carnaval de Oruro?”


Al ver tanta frialdad capitalista, reaccioné como varón macho y masculino y le dije: “Mire, comadre, a mí no me va a venir con paradas de chola rica, pues si hoy no le puedo pagar, pero prometo hacerlo el próximo mes. ¿Es que no confía en mi palabra de hombre?”.


Al encontrarse con una contestación tan viril y honesta, Macacha bajó el tono y me dijo que esperaría un mes siempre que la colaborara en la organización y manejo de una empresa de transportes sobre la base de tres “flotas” marca Volvo que posee y que pertenecieron a su difunto marido, el señor Epifanio Racacha, que en paz descansa.


Como no sé conducir auto y menos camión, dije a mi comadre que el transporte público era un negocio muy desprestigiado porque la mayoría de los choferes eran indisciplinados y no existe autoridad capaz de controlarlos.


Mi comadre, que trata de ayudarme económicamente para que le pague las sumas de dinero que le debo, me dijo que yo sólo organizaría su empresa, su flota Tiraque–Sacaba compuesta de tres unidades. Le respondí que el trayecto me parecía muy interesante, pero que en materia de flotas el panorama era pavoroso porque cada día aumentaban los accidentes y el número de víctimas.


Mi comadre, argumentando en su favor me dijo que esta mala racha pasaría, mientras que yo mantenía mi negativa asegurándole que es imposible cambiar la mentalidad de un ciudadano que maneja buses consumiendo coca y alcohol al mismo tiempo, sabiendo que ambos elementos embrutecen y adormecen.


Aproveché de la oportunidad para aconsejarle que venda sus tres buses marca “Volvo” que posee y que ese dinero podría servirle para fines más nobles y menos peligrosos, porque entregar la conducción de un vehículo de tanta potencia a ciudadanos que hasta hace poco sólo conducían llamas y ovejas me parece un experimento muy peligroso.

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