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El día de los encarcelados



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, sábado, 25 de septiembre de 2010

Ayer fue el día de la Virgen de la Merced y muy temprano acudí al templo del mismo nombre regido por la Orden de los Mercedarios, antiquísima Congregación dedicada en sus inicios a redimir cautivos, presos, presidarios y prisioneros que en ese tiempo arrastraban sus cadenas y grilletes en lóbregas celdas donde cumplían su cautiverio.

Alguna vez conocí por corto tiempo los rigores del encierro en la cárcel de San Pedro a causa de una calumnia por el delito público de bigamia siendo felizmente liberado al demostrar mis abogados que mi delito no fue bigamia sino de poligamia, figura penal inexistente en nuestro Código Penal, hechos que motivaron en mí un gran cariño y solidaridad con todos los encarcelados, a quienes recuerdo especialmente cada 24 de septiembre, día de la Virgen de la Merced o de las Mercedes.

Para que mi comadre Macacha no se entere de todo mi pasado, preferí visitar la cárcel solo para poder conversar más libremente con mis amigos reclusos entre los que hay feroces criminales como el “Suavecito”, alias que adquirió luego de matar a cuatro de sus mujeres utilizando polvitos venenosos en unos chairos que él preparaba para sus infortunadas esposas; hoy es un pacífico anciano que colabora en la cocina del penal, y como el “Suavecito” hay otros que cometieron delitos menores, como robos de garrafas, ladrones de gallinas y descuidistas especializados en billeteras con dólares.

El primer recluso que visité fue don Leopoldo Fernández, ex prefecto de Pando que ya lleva más de dos años de prisión preventiva y su juicio se dilata y vuelve a dilatarse por argucias judiciales que nunca concluyen y que demuestran cómo marcha la justicia en nuestro país. Le entregué un escapulario de la Virgen de la Merced y comí unas salteñas para luego gritar en la oreja de un policía que me vigilaba: “Libertad para Leopoldo Fernández”, sonriendo el uniformado.

Cuando volví al pabellón general de la cárcel muchos presos me preguntaron si yo había vuelvo a reincidir en el delito de poligamia, ofreciéndome en alquiler o en anticresis —según ellos— muy convenientes. Agradecí sus ofertas y les manifesté que ya hacía muchos años había reformado mi conducta y que en la actualidad me encontraba casado con una sola mujer, y que al viajar ésta a España temporalmente había encargado a una comadre nuestra, llamada Macacha, para que me cuidara, me protegiera y me prestara dinero, evitando así que yo volviera a incurrir en nuevas aventuras que pudieran conducirme a nuevas uniones matrimoniales.

Uno de mis ex compañeros me dijo: “¡Qué pena que te hubieras corregido y hubieras enmendado tu conducta después de tu reclusión en nuestra querida y confortable cárcel de San Pedro, donde no nos falta de nada, ni de alimentos, ni de bebidas ni de otras cosas, y donde los guardias son tan buenos y permisivos siempre que les regales unos pesitos”.

Agradecí estas pruebas de amistad carcelaria y me despedí de todos con un grito emocionado: “¡Amigos, viva la libertad!”.

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