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Se enterró sin banda



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La Paz - Bolivia, martes, 07 de septiembre de 2010

El otro día y sin avisar a nadie, ni a sus amigos ni a sus discípulos, emprendió un viaje sin retorno el insigne historiador don Alberto Crespo Rodas, quien, al enterarse de esta crónica, posiblemente me diga sonriendo y con voz muy queda: “No me llame usted ‘insigne’ aprovechándose de que yo hubiera muerto”. Pero lo dicho, dicho está y no pienso rectificar.

Qué tan viejo seré que conocí a la madre de don Alberto, doña Sara Rodas viuda de Crespo, en cuya casa de la calle Fernando Guachalla, esquina Abdón Saavedra, viví como inquilino con mi familia recién creada y sin saber que al frente tenía su residencia el poderoso coronel Claudio San Román, de quien se contaban cosas terribles en aquellas épocas revolucionarias.

Ahora debo trasladar mis recuerdos a Madrid, cuando en 1953 fui becado a España para estudiar periodismo. Fue en la pensión Azor, situada en la Gran Vía, donde vi por primera vez a don Alberto Crespo y a su esposa, Alicia Quintanilla, quienes se preparaban para viajar a Sevilla, destino del historiador paceño que se aprestaba a desempolvar documentos en el Archivo de Indias.

No puedo presumir de que fui amigo íntimo de don Alberto, aunque seguí desde los periódicos donde pasé y pasó mi vida los pasos importantes de don Alberto, su vida en los archivos y en las bibliotecas, sabiendo un día que llegó a ser Director de la Biblioteca de la Universidad de San Andrés.

En uno de sus libros que recoge pasajes de su vida y recuerdos de su juventud, me enteré de sus luchas políticas cuando éstas eran confrontaciones ideológicas no exentas de pequeños encontrones callejeros con patadas y sin patadas, con piedras y sin piedras. Qué emocionante fue para mí saber que don Alberto había sido un joven luchador de izquierdas y que había combatido por ellas, como la mayor parte de los bolivianos idealistas.

Uno de los amigos de don Alberto que se llamó Augusto Gotret me contó una vez algunos pasajes de las contiendas ideológicas que se libraron durante sus años juveniles en las principales universidades de nuestro país, y me aseguró que don Alberto había cantado muchas veces esas estrofas populares que decían: Camaradas viva el PIR, viva el PIR y nada más, el Partido que al subir nos dará la libertad. Cuando mi amigo Gotret me aseguró que le había oído cantar esas estrofas, me sentí feliz porque me probaban que don Alberto había sido joven alguna vez, y había cantado por las calles como todos nosotros lo hicimos.

Unas palabras para que Alicia, su esposa, y María Alicia, su hija, le digan a don Alberto: “Paulino Huanca escribió una crónica que no es un obituario sino un mensaje de amistad callada y profunda por el cual te pide disculpas porque él sabe que nunca te gustaron los discursos laudatorios y que por eso tú adquiriste un ticket (one way ticket) para viajar sin hacer ruido y sin acompañamiento de la Banda Municipal de Música y de oradores enlutados que digan que el difunto era muy bueno”.

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