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Los barones de la coca



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, domingo, 24 de octubre de 2010

El mundo mágico que vivo me permite estar aquí y allá al mismo tiempo, cerrar mis ojos y ver lo que sucede, dialogar con seres inexistentes, y hablar alguna vez con los seres vivos y cálidos que son mis parientes y mis amigos, y ponerme a escribir desde sitios lejanos encerrado en mi escritorio que huele a tabaco y libros viejos, como dijo alguna vez mi hija Angelines.

El otro día aparecí en Cochabamba al lado de mi comadre inexistente llamada Macacha y al reconocer que me hallaba a orillas del Rocha River le pregunté si habíamos viajado en un avión de AeroSur (la aerolínea de los bolivianos) y ella, abriendo sus ojos me dijo asombrada: “¡Huay huay, qué le pasa, compadre! Hemos venido a Cochabamba en su motocicleta Hardley Davidson que yo conduje y usted me dijo antes de partir hagamos el raid ‘Libertad de Expresión’”. Era verdad lo que dijo Macacha pues mis amigos del Bar Comercio (El Barco) me habían anunciado que los cocaleros pertenecientes a las 70 federaciones del Chapare se manifestarían por las calles de Cochabamba en contra de los periodistas y gran parte de la ciudadanía que hoy luchamos por la Libertad de Expresión.

Tras saludar y abrazar a los miembros del Ateneo Pericles que reúne al más interesante grupo de pensadores greco–cochabambinos bajo la dirección de mi amigo filósofo Aristóteles Giorgiadis Quiroga tuve con ellos una reunión reservada sobre la marcha de los cocaleros del Chapare en contra de los periodistas de Bolivia y los demócratas de todo el país.

Fuertemente protegido por mi comadre Macacha, vi desde una ventana la marcha de los cocaleros ante la cual la gente temblaba porque había corrido la voz de que eran muy fieros y de que se hallaban dispuestos a defender la llamada “ley mordaza” promulgada por su jefe para acabar con la libre expresión no sólo de los periodistas, sino de todo el pueblo. Pasaron los manifestantes y no habían sido tan fieros. Lanzaron algunas amenazas y se dispersaron.

Entonces me enteré de que en los inmensos campos de cultivo de coca en el Chapare vivían y trabajaban los cocaleros pobres o semipobres y que los que habíamos visto eran los barones de la Coca que se habían enriquecido fabricando y vendiendo cocaína a misteriosos exportadores. Y mientras paseábamos por las calles de Cochabamba, mis amigos me decían: “¿Ves esta casa tan grande y tan hermosa? Pues es la propiedad de uno de los barones de la coca. ¿Ves aquella mansión? Pues es de otro barón de la coca, primo hermano del anterior”. Y así me fui enterando de quiénes eran los propietarios de muchas mansiones y vehículos considerados de lujo. Los cocaleros pobres son los nuevos cocaleros, muchos de los cuales trabajan para los viejos y ricos cocaleros.

Después de ese viaje a Cochabamba, mitad sueño, mitad verdad porque no creo en los sueños eternos ni en las verdades absolutas, retorné a La Paz en mi motocicleta inexistente conducida por mi comadre Macacha que a veces existe y a veces desaparece aunque le sigo debiendo dinero desde el mes de febrero.

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