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Manifestación popular y alegre



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, jueves, 07 de octubre de 2010

“Conozco al presidente Evo como si fuera mi wawa”, me dijo mi comadre Macacha, antes de que los dirigentes de la Asociación Nacional de la Prensa le visitaran en el Palacio de Gobierno en la madrugada del martes, advirtiéndome que mis dirigentes no conseguirían modificar la ley mordaza y Evo sólo los “chuletearía”. Parece que su premonición se cumplió.

Como me vio muy bajoneado, quiso levantar mi ánimo y me dijo tiernamente: “No se preocupe tanto, compadre, porque mientras yo esté a su lado, nada le faltará y si un día los masistas cierran el periódico en el que usted trabaja, yo le compraré otro en el que usted será el director y yo la gerente–propietaria; será una mezcla de Playboy y New York Times, y se llamará El Cholo Ilustrado.

Agradecí las palabras de consuelo que me dirigía mi buena comadre cochabambina y traté de explicarle lo difícil que es asistir a la extinción de un derecho tan natural en el hombre como es el derecho a la libertad de expresión ante la indiferencia de mucha gente, como ser gobernantes, legisladores (diputados y senadores), militares, jueces, policías y universitarios.

Fue entonces cuando Macacha me dijo: “Vamos al naiclú Malena y allí organizaremos una manifestación por las calles de la urbe alteña para protestar contra esa ley que no es antirracista, sino una ley mordaza”. Sacó mi motocicleta Hardley Davidson, montamos en ella y nos dirigimos al “Malena”.

Cuando Macacha habló al público asistente y dijo con elocuencia que deberíamos defender el derecho a la libre expresión, todos manifestaron su apoyo, comenzando por las bailarinas del estriptís, concluyendo con los yatiris y pasando por los intelectuales, empleados ocupados y muchísimos desocupados.

Nuestra marcha fue encabezada por la orquesta del Malena, a la que se unieron tres conjuntos de mariachis alteños con bigotes mexicanos, todos protegiendo a las chicas del estriptís que, cual guaripoleras nocturnas, atrajeron a miles de manifestantes que gritaban: “¡Viva el derecho a la libre expresión!”, “¡abajo los diputados y senadores masistas!”, “¡vivan los periódicos libres!”, “¡vivan las emisoras privadas!”, “viva la televisión privada!”.

Así recorrimos las calles de la ciudad de El Alto, sin saber que a la misma hora se realizaban manifestaciones similares, aunque no tan alegres, en la plaza Murillo de la ciudad de La Paz, en la ciudad de Santa Cruz, en Tarija, Oruro, Sucre y Potosí, y otras ciudades importantes.

Después del deber cumplido, Macacha me condujo a mi casa en mi motocicleta y ella siguió viaje a la suya, no sin antes decirme: “Ya no tienes que estar triste porque debes comprender que el derecho a la libre expresión sobrevivirá mientras crean en él los periodistas, los radialistas, los hombres de la televisión, las estriptiseras, los mariachis, los intelectuales, los profesores, los desocupados y tu comadre cochabambina”.

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