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El mercado, sitio para pasear



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, sábado, 13 de noviembre de 2010

Cuando mi comadre Macacha se brindó para acompañarme al “mercado” para hacer la compra semanal y dar de comer a mis wawachas, le agradecí por su buen gesto y dije para mis adentros: “Ella debe saber comprar mejor que yo, y seguramente gastaré menos dinero y llevaré mejores comestibles a mi hogar”. Previendo su llegada, alisté todo mi sueldo de profesor de tango en la ciudad de El Alto y vestí chompa roja para impresionar a las cholitas del mercado Rodríguez que, como todos saben, no utilizan la edificación principal para realizar sus operaciones comerciales sino todas las calles adyacentes y cercanas, cubriendo un área impresionante que alcanza a los barrios de San Pedro y parte de Chijini.

Con seis canastas de forma y tamaño diferentes esperé a mi comadre, quien llegó a mi casa estrenando una hermosa pollera y una manta de seda amarilla más vistosa que un mantón de Manila, de esos que llevaban en Madrid las niñas del barrio de Chamberí. Al verla llegar no pude menos que piropear su garbo y elegancia para no elogiar a su robusta cartera.

Cuando vio mi chompa roja y mis canastas se burló de mí y me dijo: “Sigue usted siendo un periodista ingenuo y despistado, querido compadre, ya no se va a los mercados para comprar sino para pasear, ‘ojalear', suspirar, ¿es que no ha escuchado usted hablar de que no hay plata que alcance en estas horas de especulación y ocultamiento?”.

Para defender mis conocimientos periodísticos, dije a mi comadre cochabambina que había escuchado las declaraciones públicas del Vicepresidente de la República y de otros dignatarios del Estado denunciando que existía alguna especulación y agio, pero que los culpables serían sancionados drásticamente, caiga quien caiga.

Macacha se enterneció ante mis palabras, y acariciando mi cabezota, me dijo: “Ay, waway, usted siempre creyendo en pajaritos preñados y en el sexo de las piedras, como ese yatiri que es pariente de un señor Choquehuanca”. A continuación, me obligó a vestir mejor para estar a tono con ella y me llevó a pasear al mercado Camacho sin llevar ni una sola canasta.

Del brazo y por la calle, ella con una sombrilla y gafas de sol y yo con traje azul y calzados de tenis, llegamos al mercado Camacho recientemente inaugurado, donde nos pusimos a pasear, cruzándonos en algunos pasillos con parejas parecidas con las cuales intercambiamos saludos y miradas de complacencia.

Nos detuvimos junto a una fuente de la cual brotaba agua limpia de verdad y recorrimos gran parte del moderno mercado.

Nos antojamos de todo y permanecimos varios minutos frente a un filete de lomo sin atrevernos a preguntar por el precio. En otro sector, echamos un lagrimón de nostalgia al contemplar unas paltas y unas chirimoyas reservadas para los nuevos magnates bolivianos, a quienes equivocadamente Macacha los llamó “mangantes”. Ambos lloramos al ver unas papas tan hermosas y más caras que en el Vaticano.

Es que los mercados en Bolivia y en este momento son para pasear y para “ojalear”, para suspirar y para llorar.

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