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Los muertos están felices



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, sábado, 06 de noviembre de 2010

De acuerdo con una creencia popular, las almas de nuestros muertos nos visitan cada 1 de noviembre y retornan al cielo al día siguiente luego de charlar con las personas dolientes y buenas que los recuerdan en medio de nuestras penas cotidianas en esto que llamamos “la lucha por la vida”.

Como estoy entre las personas sencillas, comparto la fe que tiene mi comadre Macacha en estos viajes anuales que realizan las almas de nuestros parientes y amigos, y la invité a mi casa para que ambos compartiéramos con las almas de estos seres extraterrestres que vienen de tan lejanos lugares, encargándose de prepararles un sencillo agasajo cual manda la tradición mestiza de nuestro país, asumiendo ella la obligación de agasajar a las almas amigas con las comidas y bebidas que manda la tradición y que ya fueron descritas en los medios de comunicación.

Macacha y yo, en la penumbra de mi living, sólo atenuada por dos velas encendidas frente a las fotografías de quienes posiblemente nos visitarían, mientras ella musitaba algunas oraciones en latín quechua y español, y yo meditaba en los profundos misterios de la vida y la muerte. De repente la puerta se abrió violentamente de un patadón sin aparecer la figura de alguien que podría ser un futbolista invisible, lo cual me erizó los cabellos, más k’echis que de costumbre. Miré a mi comadre y ella me dijo sin inmutarse: “No se preocupe, compadre, es el alma de mi marido que siempre me visita en esta fecha”. La cochabambina le invitó chicha de Punata y un plato de chicharrón que el espíritu visitante sorbió y comió con entusiasmo sin reparar en mí, que contemplaba con angustia la desaparición de todos los manjares que mi comadre había colocado sobre una mesa especial.

Cuando el alma del señor Racacha se sació con los manjares preparados por su viuda, recién reparó en mí y me dijo: “¿Usted es el periodista que le debe plata a mi mujer y le anda ‘chuleteando’ desde el mes de febrero? Le he reconocido por la cara de penderejil que tiene. Debe usted pagarle ese dinero”. Le prometí que lo haría, y luego me contó que la otra vida es mucho mejor y que él, como transportista y dueño de flotas como fue en Cochabamba, no se preocupa por los caminos en la época de lluvias ni por la falta de gasolina, diésel ni gas como sus colegas que viven en Cochabamba.

Le pregunté si se había enterado que en Cochabamba y el resto del país había subido mucho el precio de la carne de res, de pollo, de la papa, de la cebolla y de todos los productos que componen la canasta familiar, y me dijo que en la otra vida no hay elevación en el costo de la vida y que la vida era eterna y sin preocupación alguna. Le pregunté si donde él estaba había diferencias entre unas almas y las otras, o si todas las almas eran igualitas. Se rió el cochala y me respondió: “Querido amigo, no hay dos almas que sean iguales —como no se dice tontamente en la Tierra—, todas las almas somos diferentes y allí reside la dignidad de la persona humana. Sin embargo, Dios nos ama por igual a pesar de nuestras diferencias”.

De repente el alma del cochala desapareció sin dar las gracias a su viuda ni al compadre de ésta, que alegra su viudez.

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