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La importancia de Shakira


ALFONSO PRUDENCIO CLAURE Paulovich
© LOS TIEMPOS / Cochabamba, Bolivia
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© by Paulovich



La Paz - Bolivia, jueves, 24 de marzo de 2011

Cuando le comuniqué a mi comadre Macacha mi decisión de ir en avión a Santa Cruz para gozar del espectáculo que brindaría la artista colombiana Shakira, ella largó su jeta y no me contestó nada, pero a los pocos minutos se puso al frente mío y poniendo las manos en su cintura, me preguntó desafiante: “¿Y qué tiene esa tal Shakira que no tenga yo...?”.

Conservando mi serenidad, respondí a la cholita cochabambina que aún no lo sabía porque sería la primera vez que vería y escucharía a la cantante, ya que vivimos encerrados entre montañas a 4.000 metros de altura sobre el nivel del mar, donde sólo nos visitan raros personajes importantes y artistas famosos.

Visiblemente fastidiada, mi comadre me preguntó si tenía el suficiente dinero para ir a Santa Cruz, teniendo en cuenta un pasaje aéreo de ida y vuelta, alojamiento en Los Tajibos, que es mi hotel preferido; ingreso al espectáculo, que costaría unos 200 dólares; además de comidas y transporte y otros gastos imprevistos. Ante un planteamiento tan concreto, no tuve más remedio que decirle con aires de dignidad que tenía el dinero suficiente para esos gastos y muchos más con tal de ver a Shakira que era y es mi ídolo.

Allí se puso a llorar y entre sollozos me dijo que yo era ingrato y miserable porque nunca había gastado con ella tanto dinero y que jamás le había confesado antes que yo tenía ese ídolo colombiano. Llevada de su amargura me dijo: “Está bien, compadre, váyase para ver a esa tal Shakira y ojalá no se tope usted con el argentino De la Rúa, y con los españoles, el tenista Nadal y el futbolista catalán Piqué, que son diez veces más guapos que usted”. Como temí perder a mi comadre, me acerqué a ella para tratar de hacerle una caricia, pero ella me rechazó airada y me dijo con energía: “¡No me toque usted, compadre, y vaya a acariciar a esa tal Shakira que lo tiene enloquecido!”.

Insistí en hacerle comprender la tristeza y frustración que vivimos muchísimos bolivianos al vivir en este encierro andino donde no nos visita nadie de importancia como el presidente Obama que visita Brasil y luego Chile, volando por encima de nuestro territorio sin siquiera decirnos desde su avión: “Saludos a los bolivianos”. Nunca vino un Premio Nobel de la Paz, con excepción de Rigoberta Menchú, leyenda comunista que se mueve en Bolivia como Pepa por su casa. Vivimos aislados y mirándonos las caras y sospechando de toda cara blanca que llega por casualidad.

Continué desgranando mi amargura ante la comadre Macacha y le fui explicando que muchos de nuestros paisanos son solitarios y taciturnos, que hablamos poco y en voz muy baja. Entonces, mirando a alrededor, terminamos por creer que todo lo que dice nuestro presidente Evo es genial y todos estamos convencidos de que el vicepresidente Álvaro es un sabio y también acabamos creyendo que las piernas de cualquier flaquita son las columnas de Hércules.

Hasta que llega Shakira y nos enloquece con sus caderas y su cintura. Al final le dije: “Comadre, vamos a Santa Cruz para ver y oír a Shakira. Yo corro con la cuenta. Yo pago todo”. ç

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