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Si tuviéramos mar


ALFONSO PRUDENCIO CLAURE Paulovich
© LOS TIEMPOS / Cochabamba, Bolivia
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© by Paulovich



La Paz - Bolivia, miércoles, 23 de marzo de 2011

Como hago todos los años, cuando llega el 23 de marzo, día en que recordamos la muerte heroica de Eduardo Avaroa, la noche de la víspera tomo un somnífero para no caer en la tentación de asistir a manifestaciones bullangueras, desfiles militares y escuchar discursos presidenciales o ministeriales. De esa manera, duermo y sueño.

Mis sueños anuales son casi siempre diferentes, aunque todos se realizan en aguas del mar Pacífico recuperadas para Bolivia tras arduas e inteligentes negociaciones que en mis sueños las había realizado nuestro canciller David Choquehuanca, entregando a Chile el departamento de Cochabamba y su riqueza cocalera.

Al conocer esa sabia negociación, mi comadre había llorado muchos días y sólo pude consolarla cuando la convencí de que nos habíamos liberado de la hoja ignominiosa y de la cocaína y al mismo tiempo habíamos recuperado nuestra condición marítima al poseer un corredor marítimo, aunque sin soberanía plena, mientras Chile era dueño de nuestra preciada riqueza cocalera, aunque sin soberanía en la ciudad de Cochabamba, a ambas márgenes del famoso río Rocha que seguirían llamándose la Llajta y el Rocha River.

Como las realidades oníricas no siempre coinciden con los escenarios conscientes, Macacha y yo nos encontrábamos en el puerto boliviano de New Evo, al que reconocimos inmediatamente por la profusión de banderas tricolores y wiphalas, junto a miles de afiches publicitarios con lemas que decían “Bolivia cambia, Evo cumple”.

Una inteligente disposición de nuestras autoridades había ordenado el traslado de eminentes cochabambinos hacia el puerto New Evo para que éstos pudieran irradiar sus conocimientos y su cultura al entorno chileno que rodeaba a nuestra zona portuaria.

Casi todos los cochabambinos transmigrados al puerto boliviano conocían a mi comadre Macacha y algunos —los más viejos— me conocían y habían leído algunas de mis obras, así que recibimos muchas pruebas de amistad y afecto que se tradujeron en invitaciones a comer sajta de pollo, sajta de conejo, sillpanchus, laping, picantes y otros deliciosos platos que registra la culinaria cochabambina y que empezaron a conquistar los paladares de los chilenos.

En las playas de New Evo había cholitas cochabambinas y paceñas vendiendo en sus puestos sándwiches de chola, chicharrones y anticuchos.

Al pasear por la playa invité a mi comadre Macacha a bañarnos en el mar, pero ella rehusó sumergirse en las aguas del Pacífico aduciendo que son muy frías y que tenía miedo de algún tsunami. Tanto le insistí que al final lo hizo sin despojarse de sus polleras, ni de su manta, ni de su sombrero; al poco tiempo otras cholitas paceñas, orureñas y potosinas convirtieron al Pacífico en un mar de cholas.

Cuando quisimos volver a nuestro hotel, no pudimos porque un paro de transportistas nos lo impidió y cuando quisimos volver a pie, otro paro de marineros bolivianos sin trabajo nos bloqueó el camino. Soñé muchas cosas más en el Día del Mar, pero prefiero no contarlas.

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