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Esta vida tan amarga


ALFONSO PRUDENCIO CLAURE Paulovich
© LOS TIEMPOS / Cochabamba, Bolivia
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© by Paulovich



La Paz - Bolivia, viernes, 4 de febrero de 2011

Si no fuera por la ayuda de mi comadre Macacha, hace tiempo que ya me habría declarado en quiebra y la autoridad habría llamado a concurso de acreedores y ordenado el remate de mis bienes, que no son muchos, pues sólo soy dueño de mi lecho conyugal, que es indivisible, mi motocicleta Harley Davidson, mi guitarra, que está guardada en el ropero hace diez años, una bacinica de plata que perteneció a un ilustre chuquisaqueño y mi máquina de escribir marca “Olympia”.

Con todo ese patrimonio y un modesto puesto en el periódico tengo que hacer frente a la vida amarga de estos días, cuando todos los días nos anuncian la elevación del precio en un artículo de primera necesidad que, a su vez, causará la subida de otros productos. Ante esta situación ya habría levantado las manos si no hubiera estado siempre a mi lado una noble mujer, que es mi comadre Macacha, que sabe más de economía y de mercados que el Ministro de Economía y de otros funcionarios menores.

Hace un mes que ella ya sabía que el azúcar subiría de precio por disposición de nuestras autoridades, y al enterarse de ello me dijo en la oreja: “Yo sé lo que le digo, compadrito, compraremos veinte quintales de azúcar porque el Gobierno elevará de precio al azúcar en un 40 por ciento…” Como tengo fe ciega en la sabiduría económica de la chola cochabambina, le dije al instante: “Compremos azúcar comadrita, y vamos en este negocio fifty-fifty, aunque en este momento no tengo la plata. Ella me dijo que eso ya lo sabía, pero que no importaba. Hace un mes que el azúcar que compramos está en nuestros depósitos, que solamente ella sabe dónde están.

Anoche, mientras bailábamos chic-tu-chic en el “Malena”, acerqué mis labios a su oreja y con voz misteriosa y sexy, le musité: “¿Qué últimas noticias tiene usted comadre de la leche..?” Mi comadre, entornando los ojos, apechugándome con discreción, me dijo con melodiosa voz: “El precio de la leche también subirá pese al llanto y los chillidos de las wawachas y de sus madres, que no serán escuchados ni por Evo ni por Álvaro porque ellos no tienen wawachas”. Haciéndome el entendido, le pregunté si no sería conveniente que adquiriéramos unos cinco camiones cisternas de leche, y ella me pidió que no fuera imbécil porque la leche hay que comprarla y venderla fresca, y que además los cisternas que alquilamos en diciembre seguían ocultos en un lejano rincón de la selva.

Le pregunté a mi comadre cómo iba nuestro negocio de flotas y buses ante una posible subida en las tarifas de transporte público, y fastidiada me respondió: “Usted, compadre, nada tiene que ver con ese negocio que heredé de mi difunto esposo (que en paz descanse), así que no puedo darle información al respecto, pero sí que las tarifas del transporte subirán porque los transportistas somos parte del pueblo boliviano y el costo de la vida también lo sufrimos nosotros”.

Hasta el momento estoy sobreviviendo a esta amarga crisis que vivimos todos, pero reconozco que todo es gracias a la colaboración y ayuda de mi insuperable comadre.

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