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La Paz sigue en guerra


ALFONSO PRUDENCIO CLAURE Paulovich
© LOS TIEMPOS / Cochabamba, Bolivia
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© by Paulovich



La Paz - Bolivia, jueves, 14 de abril de 2011

Esta mañana se presentó en mi casa una señora vistiendo un uniforme de campaña igual al que usan los soldados en las películas de guerra y que se ha popularizado en el comercio paceño y que puede ser adquirido sin dificultad alguna, al igual que los uniformes que utilizan los policías y los militares.

Mi empleada, la Winonna, no reconoció a mi visitante y vino a pedir mi autorización para abrirle la puerta:

“Cawallero darling, te busca una señora con uniforme de camuflada y lleva su cara pintada de negro…”.

Como soy intrépido y valiente, salí hasta la puerta y dije a la visitante:
“¡Ponga sus manos en la nuca e ingrese!”.
Miré de cerca su cara pintada de negro y reconocí a mi comadre Macacha, uniformada de combatiente y armada hasta los dientes, y le pregunté cuál era su objetivo bélico.

La buena cochabambina me explicó que la ciudad de La Paz está en guerra desde hace varios años y permanentemente llegan a sus calles centrales legiones de ciudadanos descontentos del Gobierno central, manifestando sus protestas mediante marchas, bloqueos y destrozando parques, calles, avenidas y destruyendo edificios públicos y privados con piedras y estallidos de cartuchos de dinamita.

Con desesperación, me preguntó la cochabambina avecindada en La Paz:

“¿Acaso hemos tenido en los últimos años un alcalde o un prefecto (gobernador) que nos defienda y se oponga a estas permanentes invasiones que perjudican nuestro progreso y el natural desarrollo de nuestras actividades…? Todos se hicieron y se hacen los giles y ha habido veces que hasta han proporcionado alimentos y alojamiento a esos invasores de nuestra ciudad cuyo único pecado es ser la sede del Gobierno”.
Vi que mi comadre tenía razón y pasé a preguntarle por qué se había vestido de combatiente, respondiendo mi valiente pariente espiritual:
“Es que debo ir al mercado Lanza a cobrar a mis clientes los intereses diarios que me pagan por los préstamos que les hice y no puedo llegar hasta allí, porque todo el centro de la ciudad está ocupado por maestros rurales, profesores urbanos de todo el país y mineros que han venido de Potosí y Oruro para hacer estallar cartuchos de dinamita, porque dicen que es ‘su costumbre’, no habiendo autoridad que pueda prohibir sus prácticas bárbaras”.
Me vistió de combatiente al igual que ella, me puso un cuchillo en la boca como si yo fuera Rambo, cargamos en nuestros hombros dos modernos fusiles que ella había comprado en la Feria de El Alto y envolvió nuestros cuerpos con cartuchos de dinamita que siempre guardo bajo mi cama, y salimos al mercado Lanza. Así evadimos a los sindicalistas de todo el país que han invadido la ciudad de La Paz, la cual no goza de paz hace muchos años, sin preocupar tal situación ni a alcaldes, gobernadores, ni legisladores paceños.

“¡Tenderse, levantarse!”, así me ordenaba mi comadre Macacha hasta que llegamos al mercado Lanza y ella pudo cobrar su dinerito que no había sido tan poco, por lo que le dije:

“Deme ese dinero, comadre, yo que soy muy hombre se lo guardaré”.

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