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Sacrificios truculentos


ALFONSO PRUDENCIO CLAURE Paulovich
© LOS TIEMPOS / Cochabamba, Bolivia
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© by Paulovich



La Paz - Bolivia, viernes, 8 de abril de 2011

Si quien fue rector de la Universidad de Salamanca hubiera nacido en Cochabamba, don Miguel de Unamuno, habría escrito acerca del sentimiento trágico de la vida de los bolivianos al saber de las permanentes medidas de presión que adoptan muchos paisanos nuestros que reclaman justicia.

Reflexionaba acerca de las características peculiares del hombre boliviano, cuando fui interrumpido por los gritos de mi comadre cochabambina, quien irrumpió en el templo de mis cavilaciones:

“¡Compadre, dicen que hay crucificados en Chonchocoro y otras cárceles de La Paz y que se puede ir a contemplarlos!"
Tranquilicé a mi pariente espiritual invitándole un matecito de toronjil y le expliqué que esas crucifixiones no se habían producido para ofrecer un espectáculo público, sino para obligar a las autoridades a proceder con mayor justicia y para que reconozcan públicamente que con siete bolivianos diarios nadie puede alimentarse.

Ella aceptó mi razonamiento, aunque insistió en lo emocionante y conmovedor que debe ser el contemplar a unos crucificados en pleno siglo XXI, a más de 2.000 años de la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén y posteriormente en Roma, donde muchos cristianos sufrieron muerte de cruz en la Roma imperial. Volvió a insistir y dijo:

“¡Vamos a Chonchocoro, compadre, o vamos a la cárcel de mujeres en Obrajes, donde hay reclusas que han anunciado huelgas de hambre, acompañadas de sus wawachas, y hasta las últimas consecuencias!”.
Su insistencia casi morbosa me fastidió y le dije mi rotunda negativa, porque no quería recordar que yo también alguna vez tuve que recurrir a medidas de presión parecidas a las actuales.

La sorprendida cochabambina abrió sus chaskañawis desmesuradamente y me dijo con incredulidad:

“¿Acaso usted, compadre, se autocrucificó alguna vez reclamando por alguna injusticia? Muéstreme sus manos para ver si aún tienen las huellas de los clavos”.
Entonces, dulcemente le expliqué que en nuestro país no nos clavan a una cruz, sino que nos sujetan al madero atando nuestras manos con unos trapos, haciendo lo mismo con nuestros pies y luego nos muestran al público que justamente se conmueve porque se trata de un sacrificio incruento pero conmovedor.

Macacha se desilusionó y continuó escuchando mis palabras, pero sin interés. También le conté que una vez me enterré en señal de protesta contra otra injusticia, explicándole que tal sacrificio es verdadero, pero no es mortal, porque cubrieron mi cuerpecito con tierra, dejando mi cabecita fuera para que pudiera respirar. Tal sacrificio vale, porque la tierra te produce escozores y no puedes rascarte y algunas veces uno que otro gusanillo te recorre el cuerpo impunemente. No quiero disminuir con esta descripción el sacrificio de quienes así se castigan, pero mis palabras desilusionaron a mi comadre Macacha que en su simplicidad había creído en la autenticidad de esos sacrificios, destinados a sensibilizar a las autoridades que en el goce del poder no perciben las injusticias que sufren muchos bolivianos.

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