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Viejo y huerfanito


ALFONSO PRUDENCIO CLAURE Paulovich
© LOS TIEMPOS / Cochabamba, Bolivia
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© by Paulovich



La Paz - Bolivia, viernes, 27 de mayo de 2011

Había pensado en no escribir este día marcado en el calendario como el Día de la Madre, dejando este espacio periodístico para que pudiera ser ocupado por algún niño que quisiera demostrar la adoración que siente por su mamita, pero he aquí que anoche vino mi madre en mi ayuda y apareció en mis sueños.

Yo me encontraba cavilando frente a mi máquina de escribir y ella se sentó a mi lado y me preguntó acerca del tema de mi crónica diaria, respondiéndole que no podía ser otro que “el Día de la Madre” lo cual la hizo sonreír, pidiéndome que no lo hiciera, porque era un tema muy difícil y que muchos periodistas que lo hacen repiten ideas que ya fueron publicadas y caen en lugares comunes y en sensiblerías que parecen destinadas a hacer llorar.

Le prometí que trataría de evitar esos lugares comunes, y mi madre, al acariciar mis cabellos que ya están blancos, no pudo menos que exclamar entristecida: “¡Qué viejo estás hijo mío, has debido sufrir mucho en esta vida, porque cuando yo me marché tus cabellos eran negros y no tenías arrugas en tu rostro!”.

Para no entristecerla más en este Día de la Madre cuando todo nos impulsa a hacerlas felices, le contesté que había llorado cuando ella murió, pero tuve que seguir viviendo sin ella a mi lado y que fui feliz en algunos momentos y que a veces lloré mucho, como todos los hombres.

Mi madre me aseguró que ella sabía perfectamente todo lo que me pasó en la vida desde que ella murió, porque el espíritu de cada una de las madres que se van de este mundo permanece junto a sus hijos para siempre y es por ello que muchos poetas cantan en sus versos que las madres se convierten en ángeles incorpóreos y eternos.

Quise contarle que me encontraba casi ciego y ella, llevando sus manos a mis ojos, me dijo: “Cuando quieras ver lo que pasa en el mundo que te rodea, cierra tus ojos y lo verás mejor y te apiadarás de los hombres que sólo ven con los ojos… tropezando a cada instante y cayendo de bruces”.

Al mirar mis ojos sin luz reparó en mis pestañas y me dijo: “Ya no eres chaskañawi como cuando eras niño, ahora eres tejañawi”, observación que me llevó a preguntarle a mi madre por algunos de mis rasgos infantiles borrados por el paso de los años. Ella me recordó algunos: “Cuando naciste lanzaste un grito al saber que no naciste en Cochabamba siendo yo cochabambina; después te gustó La Paz y una vez cuando eras muy pequeñín me prometiste que cuando fueras mayor serías periodista, lo cual me dio mucha pena, porque en ese entonces los periodistas trabajaban de noche, vivían la bohemia y eran choleros…”

Como yo sabía que los sueños son cortos y la pesadilla de la vida suele ser larga, dije a mi mamita: “Seguiré siendo periodista un tiempo más y luego nos veremos en el Cielo, sector Cochabamba, Barrio del Periodista”.

La imagen de mi madre se fue perdiendo y yo desperté llorando al pensar en que volvía a ser un viejo y un huerfanito.

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