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Mentirijillas y mentiras



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Viernes, 29 de enero de 2010

Hace unos días, escuché por la radio al Presidente Evo que normará a los medios para que no mientan agregando que

“hay que pensar en corregir y normar a la prensa pues el ama llulla (no seas mentiroso en quichua) está en la Constitución Política del Estado”.
Ese anuncio sobre un futuro control a los medios de comunicación preocupa a los periodistas y a sus organizaciones.

Al retornar a mi casa ya pasada la medianoche saludé a mi esposa con mi habitual carita de inocente, preguntándome ella en su también habitual interrogatorio: “¿Qué horas son éstas para llegar a casa?”, respondiéndole poéticamente:

“Qué importa la hora si no está zarpando un barco, si no está naciendo un niño y si no se está escribiendo un libro, qué importa la hora…”.

Una mujer en camisón y con ruleros no aprecia mucho la poesía y la mía marcó el 107 de Cotel para comunicarme la hora exacta con cierto retintín severo: “Son las cero horas, 55 minutos y 29 segundos”, dato exacto que mereció mi respetuoso comentario de “¡cómo pasa el tiempo tan rápidamente!”.

“¿Qué estuviste haciendo hasta estas horas?”, me preguntó mi esposa con su habitual curiosidad, tan femenina, por otra parte. Y aquí vino mi primera mentirijilla:

“Estuve trabajando para ganar mi magro salario de periodista que apenas nos alcanza para comer mientras un diputado que apenas sabe escribir gana más de 20.000 bolivianos”.


Sabiendo ella que fueron mis malos amigos los que me apartaron del camino de la virtud y me lanzaron a la ciudad de El Alto donde hallé la amistad de yatiris, curanderos, cortesanas y dirigentes vecinales, me hizo otra pregunta clave que utilizan muchas esposas: “¿Y podrías decirme con quiénes estuviste hasta estas horas…?”. Aquí viene mi segunda mentirijilla, pues en vez de denunciar a mis acompañantes nocturnos le dije de corrido y sin titubear: “Estuve con Folleque, Bombilla, Saperoco, Bicho Colorado, Tintorro, Capullín y Rulito”, nombres de los payasos que me hicieron reír en los circos chilenos que llegaron a La Paz cuando yo era niño. Otra mentirijilla piadosa para no delatar a mis amigos noctámbulos que me acompañaron durante algunas horas.

Y así lancé otras mentirijillas más ante mi desconcertada esposa, quien al final del interrogatorio torturante me dijo con acento español: “¡Ama llulla, cholito mío!”. Como ha advertido el presidente Evo a todos los periodistas “la utilización del precepto originario” por parte de mi esposa hispanoparlante me conmovió y nos abrazamos cariñosamente como corresponde a una pareja hispanoamericana.

Sin embargo, aproveché de la oportunidad para decirle:


“Nunca te dije una mentira aunque reconozco haberte dicho algunas mentirijillas, como las decimos todos en la vida normal, hasta el presidente Evo, su Vicepresidente y todos sus ministros y legisladores”.


Podré decir mentirijillas en mi vida privada, pero nunca dije ni diré una mentira para perjudicar la honra de un hombre público y menos de una Mujer Pública aunque mejor sería decir Servidora Estatal.

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