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Mis desventuras en Tiwanaku



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Viernes, 22 de enero de 2010

Al escuchar voces que anunciaban que el presidente Evo y el vicepresidente Álvaro descenderían del cielo, pues venían en su helicóptero, levanté mis ojos al firmamento y empecé a agitar mis manos para saludarlos sin encontrar reciprocidad en ellos, señal de que me habían reconocido por la blancura de mis hands, optando por agitar unas wiphalas (bandera de los pueblos indios) que me habían vendido unas cholas que hicieron un gran negocio, pues llevaron millares de ese emblema recién inventado por los geniales creadores del mito aymara como epicentro de la nación boliviana.

Yo agitaba mis wiphalas, pues estaba junto a la Puerta del Sol y deseaba llamar la atención del piloto de la aeronave para que aterrizara cerca de la famosa puerta que es el sitio más indicado, pues hay que entrar por la puerta y no por el canchón. El helicóptero pasó por sobre mi cabeza y se fue a posar en otro lugar lejano, al que me dirigí corriendo junto a cientos de campesinos que habían acudido a Tiwanaku para decir welcome (bienvenido en ingles) a nuestros gobernantes que serían investidos como primeras autoridades indígenas del pretérito Kollasuyo.

En mi prisa por ver de cerca a los apu mallkus, los protagonistas del acto, me olvidé cerrar con llave la Puerta del Sol, lo que me obliga a invocar a la Pachamama que cuidara la puerta de posibles ladrones que seguramente habrían en el acto. Estoy seguro de que la Puerta del Sol continúa allí. En mi loca carrera en pos de Evo y Álvaro, a quienes nunca había visto de cerca, olvidé mis wiphalas que eran mis principales credenciales de mi aymarismo circunstancial y me acerqué a uno de los centenares de puestos ocupados por cholitas paceñas que vendían chicharrón, sándwiches de chola y anticuchos, pidiéndole que me vendiera dos wiphalas pequeñas, por las que me cobró 50 bolivianos, dándome un chicharrón de yapa. Reconfortado, continué mi carrera junto a centenares de hermanos campesinos vestidos como yo. Con mi lluchu en la cabeza, mi camisa made in China y mi poncho rojo made in Achacachi.

Con la mente puesta en nuestros dos principales gobernantes, seguí corriendo hasta que me encontré con una barrera humana infranqueable formada por valientes mozos que me gritaron “¡Alto!”. Yo que soy bajito no hice caso y fui detenido: por su hablar caribeño, supuse que eran venezolanos, miembros de la guardia del Presidente y que le protegen en todos sus viajes.

Mucho me costó hacerles comprender que soy un periodista boliviano que había llegado a Tiwanaku para saludar y felicitar a quienes serían investidos como autoridades primeras del indigenismo boliviano. Los celosos guardias me dejaron pasar luego de un interrogatorio con una advertencia:

“Después tendrás que pasar por la Guardia Presidencial Boliviana, después la Guardia Especial de la Policía, para luego convencer a la Guardia Campesina de Achacachi y a la Guardia Sindical de los Movimientos Sociales”.

Hice la intentona, pero cuando llegué a la Plataforma Presidencial, el acto de investidura ya había concluido y los actores principales ya habían retornado a La Paz.

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