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La muerte de un patricio



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Miércoles, 26 de mayo de 2010

Hay días cuando el humor se esconde y el dolor nos ensombrece; cuando dejamos de conversar con los yatiris que maniobran la vida del país, y nos recluimos en la soledad y el silencio ante la aparición de la Muerte que anda rondando en nuestras cercanías y danzando macabramente en nuestro barrio. Uno de esos días fue ayer cuando conocí la noticia del fallecimiento de Jaime Tapia Alípaz.

Ambos solíamos decir cuando alguien comparaba nuestra estaturas físicas “que habíamos crecido juntos”, y no faltábamos a la verdad, aunque él era casi un gigantón y yo un hombre de estatura breve. Sin embargo, crecimos disparejos en la calle Yanacocha del barrio Norte, donde él y su familia vivían en un viejo caserón de su propiedad, en cuya puerta principal una placa de bronce indicaba a los transeúntes que allí vivía don Gil Tapia, famoso abogado y magistrado en sus tiempos; mientras dos calles más abajo yo vivía en un viejo conventillo donde funcionaba la librería La Paz de don José Valls, de nacionalidad española.

En la calle Yanacocha, entre la Sucre y la Catacora, se hallaba la casa donde vivió su niñez, adolescencia y juventud don Jaime Tapia Alípaz, a quien los niños del barrio podíamos llamar “Manuno”, temiendo siempre la posibilidad de un cocacho por su ventajosa estatura y su natural hualaycherío, del cual se despojó, pues antes que muchos tomó el sendero de la seriedad. ¿Quiénes éramos nosotros...? Una fotografía mental de nuestra adolescencia me permite recordar a José Delós Salmón, poeta algo mayor que nosotros, que un día nos sorprendió con un libro valiente que en uno de sus versos decía “¡Sarjam, carajo!”, exigiendo en aymara y en español que se fueran los opresores de nuestra libertad, y que habría que leerlo en nuestros días.

Inquilinos de la casona de don Gil Tapia fueron los Barbery Rivas, Carlos y Roberto, y sus bellas hermanas Blanca y Elvira. Su madre doña Elenita me salpicaba con sus cariños maternales, mientras la mía hacía lo mismo con Roberto Barbery, un bello y travieso niño.

Ahora sé que ha muerto el niño más grande de ese barrio donde vivieron Lorgio Vaca, el gran pintor cruceño; Raúl Mariaca Guillén, el gran pintor paceño; el arquitecto Luis González, y las familias Salinas y Oropeza, Ballivián y Galarza.

Por esas mismas veredas jugamos y transitamos y hasta aprendimos a enamorar en zaguanes y puertas de calle los muchachos de la Yanacocha, mientras el más grande de todos se convirtió en falangista y tomó la vida en serio antes que muchos, hasta convertirse en revolucionario, perseguido y desterrado, para luego volver y ser Alcalde paceño, Ministro de Educación y Embajador de Bolivia en Perú.

Compartió nuestra angustia patriótica hasta sus últimos días asistiendo a algunos almuerzos de Los Amautas, una logia paceña sin mandiles ni símbolos esotéricos. Adiós, viejo camarada falangista, seguirás haciendo guardia junto a los luceros.

1 comentario:

  1. Gracias Don Paulovich, yo soy la nieta de Jaime y vivo en los Estados Unidos. No pude ir al funeral pero sus palabras me ayudan con la pena de perder a mi abuelito. Siempre supe que mi abuelo era un hombre maravilloso, pero el leerlo de alguien que lo conoció desde la niñez es algo maravilloso. Gracias por sus palabras. Laura Tapia Oizumi.

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