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El Día de la Madre



© by Paulovich



La Paz - Bolivia, Jueves, 27 de mayo de 2010

Un sentimiento puro de amor a la mujer que nos trajo a este mundo domina nuestra atmósfera. ¿Es malo ser sentimental? De ninguna manera, pues, como dijo Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no comprende”. Es por ello que hoy escribiré esta crónica aceptando los dictados de mi corazón porque hoy nuestros lectores vivirán una jornada a corazón abierto.

Estoy como el día que nací, solo y en brazos de mi madre, mientras ella me besa, me acaricia y me estrecha contra su pecho. De repente abre sus ojos y me dice con pena:

“Cuánto has envejecido, hijo mío, tus cabellos están blancos, hay poca luz en tu mirada y son muchas las arrugas que veo en tu frente”.
Sonrío con tristeza y le recuerdo que ella murió hace 60 años y se fue hasta el Cielo para pedirle a Dios que me ayudara porque ella ya no tenía fuerzas para hacerlo. Con el humor de los Claure me dijo:
“Eres un huerfanito viejo y en este día en que me invocas eres aún para mí la débil criatura que tomé en mis brazos por vez primera maravillada por el misterio de la Vida”.
Yo le respondí que después de tantos años de estudiar, de hablar con algunos hombres sabios y de leer muchos libros, tampoco pude conseguir una respuesta al misterio de la Vida, aunque estoy seguro de que conseguiré aprenderlo cuando me muera y pueda contemplar a Dios.

Como siempre hacen todas las madres, se inquietó por mi salud, y como hacemos todos los hijos, le respondí que me sentía bien y que no me dolía nada. Es muy difícil engañar a las madres y tal vez sea imposible, aunque ellas callen y bajen la cabeza en señal de asentimiento. Y fue por eso que mi madre me dijo:

“¡Pobrecito mi hijo, pobrecito mi waway, tus ojos ya no tienen luz y el último trecho de tu vida tendrás que recorrerlo en medio de las tinieblas!”.
Cerré los ojos para que ella no los mirara y sonriendo le dije que para contemplar el mundo actual que vivimos, y en especial nuestro mundo boliviano donde campean el egoísmo, la soberbia, el odio y la mentira, tal vez sea mejor vivir con los ojos cerrados, como cuando soñamos o cuando rezamos ante Dios.

Mi madre acarició mis cabellos blancos y yo acaricié los de ella que siempre fueron negros y ondulados. Ella me dijo que yo seguiría siendo su wawitay y decidí piropearla —como hacen todos los hijos con sus madres, especialmente el día 27 de mayo—, diciéndole con mi viejo estilacho:

“Eres la madre más hermosa del mundo, y la cochabambina más guapa y buena que conocí”.
Luego se fue alejando acompañada de las volutas del humo que formaba mi cigarrillo y se perdió su figura en una nube, mientras todos besaban a sus madres, exaltaban sus virtudes y les decían tiernamente:
Feliz Día de la Madre y Dios bendiga a todas las madres”.

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